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domingo, 8 de noviembre de 2020

OFERTA Y DEMANDA

Un individuo que decide conducir una moto a alta velocidad y sin usar elementos de protección, como un casco, si se accidentara tendría grandes probabilidades de sufrir consecuencias fatales al desafiar ciertas leyes universales que conocemos porque fueron descubiertas por hombres de ciencia; asimismo, científicos de la economía descubrieron hace un par de siglos las leyes de la oferta y la demanda que describen el funcionamiento de los mercados. Cuando los agentes económicos que intervienen en los mercados ignoran estos principios, también deben asumir las consecuencias de sus decisiones.

El primero en usar la expresión «oferta y demanda» fue el economista escocés James Steuart Denham en su libro «Estudio de los principios de la economía política» (1767); después el economista y filósofo escocés Adam Smith la utilizó en su reconocida obra «La riqueza de las naciones» (1776); años más tarde el economista inglés David Ricardo escribió el capítulo «Influencia de la demanda y la oferta en el precio» en su libro «Principios de política económica e impositiva» (1817); sin embargo, quien formalizó el modelo de la oferta y la demanda y analizó su aplicación fue el economista británico Alfred Marshall en su libro «Principios de economía» (1890).

La política en materia agropecuaria de Colombia tiene condenados a muchos productores a pérdidas en cada período de cosecha y, por consiguiente, al empobrecimiento de un segmento de la población; por eso, hemos venido siendo reiterativos con quienes ostentan el poder político colombiano, no solo en el ámbito nacional sino también territorial, en el imperativo de cambiar la política agropecuaria en todos sus niveles para adaptarla a la Agenda Global 2030 (Objetivos de Desarrollo Sostenible), en especial para ponerle fin a la pobreza. Para lograr esto, se requiere tener en cuenta las leyes del mercado, desechando la idea inviable de que el mercado debe adaptarse a lo que quieren los políticos cuando lo razonable es que el estado se adapte al mercado. La oferta y la demanda seguirán haciendo lo que les toca, así como lo hacen la ley de la inercia, la ley fundamental de la dinámica, el principio de acción y reacción, entre muchas otras que se han descubierto y aquellas que todavía están fuera del conocimiento humano, pero que gobiernan el universo. ¡Ignorarlas no hará que el universo deje de funcionar como lo hace!.

Las noticias sensacionalistas que ignoran lo que ha descubierto la ciencia, al igual que un sinnúmero de comentaristas en las redes sociales reclaman al gobierno nacional ayudas para los productores de maíz, de papa y de leche, así como algunos reclamaban ayuda para una empresa de aviación comercial. En ninguno de estos casos el estado debería intervenir, ya que cuando lo hizo para impedir que los agentes económicos interactuaran en los diferentes mercados tomando como excusa la epidemia causada por el virus chino, las consecuencias fueron el aumento de la tasa de desempleo, porque la demanda en el mercado laboral se redujo; el cierre de muchos negocios, porque al bajar la demanda de sus bienes o servicios, no pudieron sostenerse; los precios de algunos productos aumentaron, mientras otros se redujeron; en fin, el mercado reaccionó de acuerdo con las leyes de la oferta y de la demanda. El intervensionismo estatal, en mi opinión, solo logra que se genere un desequilibrio a favor de una de las partes, pero la dinámica del mercado hará lo que le corresponde para equilibrar la ecuación.
En la segunda mitad del siglo XVIII el médico y diputado francés Joseph Ignace Guillotin propuso la utilización de un novedoso artefacto para decapitar a los condenados a muerte, ese aparato recibió el nombre de «guillotina»; por ello el abogado cubano, profesor de filosofía política, economista y consultor Armando Ribas, refiriéndose a la «guerra de las harinas», señaló que «En la revolución francesa decapitaban panaderos que subían el precio del pan, y mientras más decapitaban, más subía el precio. ¿Por qué? Porque las leyes de la economía son inviolables, no importa cuanta fuerza se aplique. A los precios los fija el mercado, no el estado» para resaltar la ineficacia de las medidas gubernamentales para modificar el comportamiento de los mercados.
Aunque a muchos de mis lectores les incomode, debo decirles que la evidencia histórica confirma esta realidad en las naciones donde se ha intentado ir en contra de las leyes del mercado, como la «Gran hambruna china» durante el régimen maoísta, la «Hambruna roja» en la antigua Unión Soviética, las actuales crisis de Venezuela y Argentina con hiperinflaciones que golpean el bolsillo de todos los habitantes de estos países.

Cuando se habla de laboratorio, el concepto que tenemos en nuestra mente es el de un sitio lleno de tubos de ensayo, cuentagotas, portaobjetos, pipetas, probetas, buretas, embudos, matraces, microscopios, termómetros, reactivos, entre otros elementos; sin embargo, algunas ciencias tienen sus laboratorios en el campo, en el terreno, en la sociedad. A mi me gusta ir cada fin de semana a la plaza de mercado, no solo a comprar, sino a observar de manera directa el intercambio entre vendedores (ofertantes) y compradores (demandantes) y ver la forma en la que toman vida los números y las gráficas de las leyes de la oferta y la demanda en su aplicación. No me gusta ponerle precio a los bienes o servicios que otros ofrecen, si me conviene el precio que piden hago la transacción, sino paso de largo en búsqueda de un mejor precio. Algunos saben leer el mensaje enviado por el mercado y ofrecen un mejor precio. ¡Los estados no deben obligar a alguno de los agentes económicos a hacer un intercambio que no les conviene!.

Aunque se anunció la llegada de nuevos bancos, el mercado financiero colombiano no supera el número de 50 oferentes. La limitada oferta de productos financieros hace que algunos precios sean altos; sin embargo, la competencia logra que algunas entidades bancarias ofrezcan mejores precios, porque se las ingenian para tener menores costos de producción, al resto les toca hacer los esfuerzos para que las leyes del mercado no les hagan perder clientes. Por otro lado, esta semana un nuevo operador ingresó al mercado de las telecomunicaciones en Colombia y lo que se vislumbra es una gran competencia en este mercado. Si la economía colombiana se abriera más para permitir la entrada de nuevos agentes económicos, los beneficios para todos se harían evidentes y con ello el deseo de quienes defienden la redistribución de las riquezas, ya que si estas no se crean, entonces no hay algo para redistribuir; sé que a muchos les gustaría más una redistribución igualitaria de las riquezas hecha de forma forzosa por el estado y no la forma justa y equitativa en que lo hace el mercado, respetando las libertades de cada individuo, que los estados se encargan de violar bajo el amparo de las leyes.

Por todo lo anterior, considero que los estados deben intervenir lo menos posible en los mercados, ya que su intervencionismo lo único que logra es desequilibrar el mercado a favor o en contra de los consumidores (demandantes) o de los productores (oferentes), obligando al mercado a actuar. Que muchos de los productos que hoy consumimos los colombianos tengan precios por encima del que tienen en otras naciones se debe al intervencionismo del estado que además obliga a que esos precios incluyan las altas tasas de tributación para sostener el alto nivel de gasto público.

domingo, 1 de noviembre de 2020

CAUDILLOS: ÍDOLOS CON PIES DE BARRO

En las elecciones de alcaldes del año 2003, cuando yo apenas tenía unos pocos años de experiencia y escasa formación en temas de la función pública, hice parte de una bonita campaña electoral que se denominó «El cambio social sin amo» cuyo candidato fue un hombre experimentado en las lides políticas locales y varias veces concejal de mi municipio, mi amigo Andrés Burgos Doria. Perdimos esa elección por menos de 200 votos después de haber rechazado el apoyo de uno de los que considerábamos uno de los caciques, gamonales o caudillos locales de aquella época; sin embargo, quedó arraigada en mi pensamiento la convicción de que es posible hacer política de verdad, libre de compromisos clientelistas e inmorales, además de hacerla de frente a los ciudadanos.

Lo anterior se sumó a muchas enseñanzas que había recibido durante mi época de estudiante de bachillerato, así se le llamaba a la educación secundaria, como las que el «Manco de Lepanto» dejó consignadas en su obra cumbre «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha»: «Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro» (Miguel de Cervantes Saavedra), por las que no considero que alguien sea superior o inferior a mí o algún otro ser humano. No creo que una comunidad le deba rendir pleitesía a un individuo que se ha querido imponer en un territorio como cacique, gamonal o caudillo. No obstante, la experiencia me ha enseñado que el pensamiento caudillista no solo está en la mente de aquellos líderes que se creen imprescindibles, sino también de aquellos hombres y mujeres que están convencidos de que ese líder es irremplazable.

El vocablo «caudillo» proviene del latín «capitellum» que se traduce como «pequeña cabeza» o «cabecilla» y según la Real Academia Española su significado tiene acepciones como «Hombre que encabeza algún grupo, comunidad o cuerpo» y «Dictador político»; la existencia de los caudillos hace posible el «caudillismo» o «caudillaje» que es el «Mando o gobierno de un caudillo» y es sinónimo de «caciquismo» y de «gamonalismo». La «Intromisión abusiva de una persona o una autoridad en determinados asuntos, valiéndose de su poder o influencia» es una de las acepciones del «caciquismo».

En una de mis publicaciones anteriores, esbocé la manera en la que el pensamiento liberal puso fin a formas de gobierno monárquico en muchas partes del planeta, como Latinoamérica. El caudillismo, caciquismo o gamonalismo no se diferencia mucho del monarquismo, ya que le da una relevancia irracional a unos individuos que, como ya lo dije, son prescindibles; sin embargo, durante el siglo XIX, las sociedades que fueron liberadas del poder de las monarquías se sintieron huérfanas de esa «protección» y las reemplazaron por caudillos criollos. Lamento reconocer que después de dos siglos el pensamiento de nuestras sociedades no ha cambiado mucho y siguen depositando sus esperanzas en «ídolos con pies de barro».

La expresión «ídolo con pies de barro» se usa para señalar la fragilidad de poner las esperanzas en seres humanos imperfectos, como nosotros, y proviene de la Biblia, que expone un sueño de Nabucodonosor, rey de Babilonia, con una gran estatua hecha de diversos materiales: «La cabeza de la estatua era de oro puro; el pecho y los brazos, de plata; el vientre y los muslos, de bronce; las piernas, de hierro; y una parte de los pies era de hierro, y la otra de barro. Mientras Su Majestad la estaba mirando, de un monte se desprendió una piedra, sin que nadie la empujara, y vino a dar contra los pies de la estatua y los destrozó» (Daniel 2:32-34). Esta profecía hace referencia a las diferentes formas de gobierno humano que se han dado a lo largo del planeta desde el momento mismo en que al profeta Daniel le fue revelado el sueño y su interpretación.

La Universidad Autónoma Metropolitana de México publicó un trabajo titulado «Los movimientos sociales y el problema del Estado. El caudillismo en América Latina, ayer y hoy» en el que citando a Roxborough (1997) dijo lo siguiente:

«Los caudillos han evitado generalmente lo que los estadounidenses llamarían normas democráticas de gobierno; en su lugar, ellos tienden a erigir sistemas estatales orgánicos. Esta situación se da inicialmente con la intervención de los caudillos en las relaciones entre el capital y el trabajo. Por la importancia del sector obrero en las sociedades modernas, la necesidad de controlar a sus movimientos autónomos y aprovechar la energía en su favor, en varios países latinoamericanos se ha experimentado el corporativismo de manera más o menos seria y duradera. Las relaciones laborales, en general, y la organización sindical, en particular, pasaron en forma creciente a ser reglamentadas por el Estado, que se convierte en plenamente orgánico al agregarse otros sectores de la vida económica y política. Brasil y México son los casos clásicos del control corporativista de las relaciones laborales en América Latina, y otros países instauraron su propia variante, como en Argentina durante el gobierno peronista y en Perú durante la presidencia de Velasco Alvarado.».

Una de las mentiras del pensamiento caudillista es que las acciones de los movimientos sindicales benefician a toda la clase trabajadora cuando la verdad es que solo benefician a quienes hacen parte de sus colectivos, como lo dejó claro el economista Thomas Sowell al afirmar que «El mayor mito sobre los sindicatos es que los sindicatos son para los trabajadores. Los sindicatos son para los sindicatos, así como las corporaciones son para las corporaciones y los políticos son para los políticos». Si hilamos delgado en nuestros análisis, entonces nos daremos cuenta de que dentro de esos movimientos sindicales también hay caudillos que quizás no tienen gran reconocimiento por fuera del movimiento sindical, pero son populares dentro del mismo.

El expresidente estadounidense Abraham Lincoln, quien abolió la esclavitud en su país, dijo que «Del mismo modo que no sería un esclavo, tampoco sería un amo. Esto expresa mi idea de la democracia», pero en Latinoamérica el pensamiento caudillista tiene un fuerte componente emocional y, por lo tanto, poco racional que hace evidente la debilidad institucional de nuestros estados y la poca madurez política de nuestras naciones.

domingo, 25 de octubre de 2020

PLURALISTAS ANTIPLURALISTAS

En mi permanente búsqueda del conocimiento y de la verdad he dialogado de forma profusa con individuos que piensan diferente a mí, de diversas profesiones y ocupaciones, de diferente color de piel, edad, sexo, orientación sexual, con creencias disímiles o incrédulos, lo cual me ha facilitado entender la cosmovisión de otros y poner en práctica una de las enseñanzas de quien fuera venerable maestro de la respetable logia José Hilario López número 20 de la masonería y hoy pastor cristiano, el reverendo Darío Silva Silva: «Entre cristianos, unidad en la variedad. Con católicos y ortodoxos, convivencia en la diferencia. Frente a los demás sistemas, tolerancia en la distancia».

Durante algún tiempo de mi adolescencia me consideré ateo, pero no de aquellos que estaban tratando de convencer a los creyentes de que su Dios no existía, sino del que denomino el verdadero ateísmo que no tiene necesidad de creer en un ser superior, solo eso; por lo anterior, en mi búsqueda del conocimiento y de la verdad he dialogado muchas veces y en tonos diferentes con ateos y agnósticos. Les confieso que aprendí bastante de muchos de ellos, pues al igual que el apóstol Tomás lo único que demandan es evidencia que les permita alcanzar una fe razonable y no una fe dogmática; sin embargo, dentro de la comunidad atea también hay dogmáticos.

Cuando la comunidad musulmana abrió su primera mezquita en Colombia una persona atea me escribió alarmada proponiéndome que nos pusiéramos de acuerdo con la finalidad de impedir que el islam se predicara en nuestra nación. Le respondí que yo no haría algo semejante, ya que no le temo al debate o la exposición del pensamiento, de las creencias o de las opiniones. ¡Bienvenida la diversidad!. Los demás lo que debemos hacer es exponer lo que creemos en lugar de censurar a quienes son diferentes.

Por lo anterior, me dolió ver la imagen chilena en la que se observa a algunos individuos celebrando que dos templos católicos se consumieran en llamas. Lo paradójico de la conducta de estas personas es que se autodenominan pluralistas, pero usan discursos en contra de la desigualdad y exacerban los ánimos de aquellos que debido al pluralismo han obtenido resultados menos aventajados como miembros de una sociedad; otros aprovechados solo ven la oportunidad de despojar a los demás de aquello que les ha costado esfuerzos adquirir. Unos y otros no tienen impedimento moral para apoyar tiranos que intenten hacernos iguales mediante la opresión, ignorando que aquello que nos hace diferentes es lo que permite que quienes se destaquen en una sociedad sean los que no son iguales a los demás individuos. La consecuencia obvia es que no todos obtengamos los mismos resultados que han logrado los Elon Musk, los Jack Ma, los Bill Gates, los Steve Jobs, los Mark Zuckerberg, los García Márquez, las Shakira, los Carlos Vives, los Diomedes Díaz, los James, los Falcao, los Messi, los Cristiano Ronaldo, entre muchos otros que a lo largo de la historia de la humanidad hicieron notable su paso por este planeta y que además hicieron posible que hoy la humanidad esté en mejores condiciones sociales y económicas que las vividas por nuestros antepasados.

Para hacernos iguales, los regímenes totalitaristas deben coartar las libertades de cada individuo, ya que la libertad y la igualdad son dos conceptos que se excluyen entre sí; por eso no es extraño que los tiranos que quieren igualarnos mediante el uso de la violencia impidan la libertad de expresión, la libertad de cultos y de conciencia, la libertad de conformar empresas, la libertad de comerciar con los demás seres humanos a nivel nacional o internacional, entre otras.

Ojalá que aquellos «pluralistas antipluralistas» colombianos no quieran seguir copiando la conducta intolerante de sus pares internacionales, como lo han hecho con otras prácticas irracionales que solo pueden justificar con sus discursos en contra de la desigualdad natural de los individuos y de los resultados obtenidos por cada uno.

domingo, 18 de octubre de 2020

FALSOS POBRES, «POBRES VIEJECITAS»

Parece ser que la mentalidad de muchos colombianos sigue siendo la misma del siglo XIX cuando el escritor e intelectual José Rafael de Pombo y Rebolledo compuso su reconocido cuento «La pobre viejecita». Durante el siglo XIX se dieron en Colombia importantes hitos históricos que deberían haber influenciado una enorme transformación en la mentalidad de los individuos de nuestra nación: La independencia del imperio español, las guerras civiles, la constitución política, la abolición de la esclavitud, el surgimiento del café como primer producto nacional, las grandes migraciones, las epidemias como la del cólera o la lepra, etc.; sin embargo, en la actualidad siguen existiendo millones de «pobres viejecitas» que a pesar de contar con la capacidad para satisfacer sus necesidades por sí mismos prefieren exigir que los demás, a través del gasto público, subsidien sus comodidades, mientras que quienes de verdad no tienen la capacidad para suplir sus necesidades básicas estarán condenados a que sus generaciones vivan en la pobreza.

En la actualidad, cuando se habla de pobreza, es necesario remitirse al concepto dado por el economista indio Amartya Kumar Sen, quien fue galardonado por la Real Academia de Ciencias de Suecia con el Premio Nobel de Economía en el año 1998 «por haber devuelto una dimensión ética al debate sobre problemas económicos vitales»; el profesor Sen definió la pobreza como «la privación de capacidades básicas y no sólo como una renta baja» y además dijo que «El análisis de la pobreza debe estar enfocado en las posibilidades que tiene un individuo de funcionar, más que en los resultados que obtiene de ese funcionamiento».

Contrario a este concepto, he escuchado y he leído a congresistas colombianos que afirman ser pobres, también he sabido de magistrados y de servidores públicos con sueldos millonarios que se niegan a aceptar la reducción de sus ingresos con el argumento de que eso afectaría su «mínimo vital», mientras que millones de colombianos se encuentran debajo de la línea de pobreza y de la miseria; lo hacen sin sonrojarse publicando al mismo tiempo altilocuentes discursos en contra de la desigualdad.

Con fundamento en esta triste realidad he venido insistiendo (y lo seguiré haciendo) en que la función pública debería enfocarse en la atención prioritaria del segmento poblacional más vulnerable y que el resto de colombianos deberíamos tener las garantías y gozar de las libertades plenas para obtener ingresos a través de la oferta libre de bienes y servicios, sin las restricciones o limitaciones que se desprenden de un desmedido tamaño estatal. El gran lastre que tenemos los colombianos para escalar con mayor facilidad la pirámide de Maslow es el tamaño del estado, como lo he descrito en semanas anteriores.

Asimismo, la mentalidad egoísta e inmoral de quienes instrumentalizan a los pobres para exigir toda clase de subsidios estatales lleva a muchos individuos a culpar solo a los políticos corruptos de que los pobres sigan siendo pobres, pero ellos no están dispuestos a reconocer que su conducta corrupta también los hace responsables de que los más vulnerables no puedan superar su estado de pobreza; ellos prefieren utilizar el discurso del igualitarismo para sembrar odios y resentimientos que no pueden ayudar a los pobres a superar su pobreza, sino que hace que las mayorías sean igualadas en la miseria, ignorando que «Los seres humanos somos fundamentalmente diversos» como lo dijo el profesor Amartya Sen.

El pluralismo es necesario para que todos los individuos de una sociedad puedan satisfacer sus necesidades; así lo demostró Platón en los diálogos de «La República» y siglos más tarde lo hizo Adam Smith en «La Riqueza de las Naciones»: «El hombre, en cambio, está casi permanentemente necesitado de la ayuda de sus semejantes, y le resultará inútil esperarla exclusivamente de su benevolencia. Es más probable que la consiga si puede dirigir en su favor el propio interés de los demás, y mostrarles que el actuar según él demanda redundará en beneficio de ellos. Esto es lo que propone cualquiera que ofrece a otro un trato. Todo trato es: dame esto que deseo y obtendrás esto otro que deseas tú; y de esta manera conseguimos mutuamente la mayor parte de los bienes que necesitamos. No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio. No nos dirigimos a su humanidad sino a su propio interés, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas. Sólo un mendigo escoge depender básicamente de la benevolencia de sus conciudadanos. Y ni siquiera un mendigo depende de ella por completo. Es verdad que la caridad de las personas de buena voluntad le suministra todo el fondo con el que subsiste. Pero aunque este principio le provee en última instancia de todas sus necesidades, no lo hace ni puede hacerlo en la medida en que dichas necesidades aparecen. La mayor parte de sus necesidades ocasionales serán satisfechas del mismo modo que las de las demás personas, mediante trato, trueque y compra. Con el dinero que recibe de un hombre compra comida. La ropa vieja que le entrega otro sirve para que la cambie por otra ropa vieja que le sienta mejor, o por albergue, o comida, o dinero con el que puede comprar la comida, la ropa o el cobijo que necesita».

En mi concepto, la mentalidad caudillista colombiana le da un inmerecido protagonismo a los políticos, como si ellos fueran seres omnipotentes que pueden resolver todos los problemas de una sociedad. ¡No existe algo más apartado de la realidad!. Todo individuo está facultado de las potencialidades para satisfacer sus propias necesidades y resolver sus problemas por sí mismo. En concordancia con esta idea, el escritor argentino Jorge Francisco Isidoro Luis Borges dijo que «Desearía un Estado mínimo. He vivido en Suiza cinco años y allí nadie sabe como se llama el presidente. Yo propondría que los políticos no fueran personajes públicos»; no obstante, las «pobres viejecitas» colombianas prefieren que los políticos conserven sus «superpoderes» y que el tamaño del estado se mantenga o siga creciendo, porque si se llegara a reducir los falsos pobres perderían los privilegios que tienen ahora, como las subvenciones en salud, educación, servicios públicos domiciliarios, a las pensiones, acceso a la justicia, a la seguridad, entre otras ayudas que salen del bolsillo de todos los que tributamos. ¡Lo último que les importa a esos hipócritas son los verdaderos pobres que sí necesitan que el estado satisfaga sus necesidades mínimas, mientras les permite superar la pobreza!.

Los verdaderos pobres colombianos quisieran deleitarse en la pobreza de aquellos falsos pobres y unirse, como yo, al deseo de Rafael Pombo cuando exclamó: «Duerma en paz, y Dios permita que logremos disfrutar las pobrezas de esa pobre y morir del mismo mal».

domingo, 4 de octubre de 2020

EL MÉTODO SOCRÁTICO

En el año 1995 el Ministerio de Educación Nacional me otorgó la Distinción Andrés Bello por mis resultados en las Pruebas de Estado del ICFES (hoy denominadas Pruebas Saber 11). En esa ocasión obtuve 73 puntos sobre 80 posibles en conocimientos de matemáticas. Ese resultado fue consecuencia de años de dedicación al estudio de la hermosa «
ciencia de los números» que me facilitó adquirir conocimientos matemáticos de gran utilidad para el desempeño de diferentes actividades a lo largo de lo que ha sido mi vida hasta ahora y para comprender otras disciplinas del conocimiento humano; además de los conocimientos de matemáticas, otra de las disciplinas que me apasiona es «la madre de todas las ciencias», considerada así porque a partir de ella surgieron diferentes ciencias, incluidas las matemáticas.

La filosofía permitió también que se desarrollaran diversos métodos para la producción de conocimiento en las diferentes ciencias. El método científico es uno de ellos; sin embargo, de todos los métodos de pensamiento mi favorito es el método socrático, conocido como mayéutica, que por sus raíces etimológicas se relaciona con la partería o con la «técnica de asistir en los partos»; se cree que Sócrates desarrolló este método porque su madre era partera. La mayéutica consiste en la utilización del diálogo, la dialéctica o demostración lógica para que los interlocutores descubran por sí mismos las ideas o los conceptos que se encuentran escondidos detrás de los datos, la información o los conocimientos que se han obtenido con anterioridad. ¡La mayéutica es útil para la autoformación!

Cuando inicié la lectura y el estudio de la Biblia aprendí el método inductivo que usa preguntas básicas para comprender cualquier texto: ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? ¡El método QQCCDP! Este método tiene mucha relación con el método socrático, con la diferencia de que la mayéutica se puede aplicar en diferentes ambientes de aprendizaje y no solo en la interpretación de textos. Eso me ha ayudado a poner en práctica que «más vale un cuestionamiento pendejo, que un pendejo que no cuestiona».

El alumno más aventajado de Sócrates fue Platón, quien mediante algunas de sus obras quiso mostrarnos los diálogos que su maestro sostenía con tertulianos de la época. Al leer esos diálogos no sorprende encontrar que muchos de los interlocutores de Sócrates se sentían intimidados, menospreciados, ofendidos, entre otras emociones que les impedían tener la claridad de lo que buscaba el pensador griego al motivarlos a buscar las respuestas por sí mismos. Jesucristo provocaba reacciones similares en sus interlocutores cuando cuestionaba sus pensamientos, emociones, conducta o creencias.

Solo un individuo que pone en práctica la mayéutica puede comprender la importancia del pensamiento socrático en la búsqueda del conocimiento y de la verdad y, por lo tanto, puede entender lo que quiso decir el filósofo con sus famosas palabras «Solo sé que nada sé» o «Conócete a ti mismo», entre otras que hacen parte de su legado, así como también puede sumergirse en las profundidades de las palabras del Maestro de maestros cuando sentenció que «conocerán la verdad, y la verdad los hará libres».

domingo, 27 de septiembre de 2020

¿PROGRESISMO?

 

Quienes desconocen o ignoran los importantes avances que en materia económica se han dado en los últimos dos siglos para reducir la pobreza en las diferentes naciones del planeta solo enfocan su análisis a la esfera del poder político de los estados, asumiendo que si el caudillo de su preferencia no está gobernando, entonces los países están mal gobernados y, por consiguiente, deben cambiarse todos los modelos (incluyendo el económico), aunque eso conlleve a dar un salto al vacío tan arriesgado que haga que en lugar de que continúe el progreso y el desarrollo humano, como hasta ahora se ha dado en diferentes partes del mundo, se retroceda en la lucha contra la pobreza y por eso, en mi opinión, no es adecuado llamar «progresismo» a las políticas públicas que solo multiplican la pobreza de las naciones en las que se han experimentado; mi propuesta es que se les llame como lo que son: «retrasismo».

Algunos de mis contradictores se han superado gracias al limitado modelo capitalista que tanto critican y sueñan con que nuestra nación implemente aquellas políticas públicas que han demostrado tener un efecto contrario a la ilusión colectiva con la que deslumbran a quienes llenan de falsas expectativas por superar las condiciones deficientes que enfrentan a diario. ¡Sus líderes son unos expertos vendedores de humo!

Como es natural en el ser humano, dentro del conglomerado conformado por quienes quieren implementar el retrasismo también hay individuos que no están pensando en los más pobres, sino en sus intereses particulares, para que sin hacer mayor esfuerzo el estado siga brindándoles beneficios a los cuales no podrían acceder si el gasto estatal se dedicara solo a atender a los más vulnerables.

Debido a sus fracasos, el retrasismo no solo ha cambiado de nombre en múltiples ocasiones, sino también de discurso; por ejemplo, ahora para hacerse más atractivo a todas las esferas sociales los promotores del retrasismo apelan a los «derechos universales», como en el caso de la discusión sobre la renta básica en la que no aceptan que ésta focalice solo a los pobres, sino que sea universal, asimismo han hecho con la propuesta de educación gratuita y universal, salud universal y otra serie de propuestas universales, que parecen sacadas del sombrero de un ilusionista y que lo único que persiguen es el aumento del gasto público, que trae como consecuencia el aumento del poder de quienes hacen parte de las ramas del poder público en detrimento de las libertades individuales de quienes tendrían la obligación de trabajar y producir las riquezas para sostener el exorbitante gasto que ellos administrarían.

Como he venido señalando en mis opiniones anteriores, Colombia tiene un alto gasto estatal que no tiene consideración con el producto interno bruto de nuestra nación; por lo cual, en mi opinión, seguir aumentándolo no es solo una condena para que los pobres sigan siendo pobres, sino para que muchos de los compatriotas que han superado la pobreza con mucho esfuerzo vuelvan a ser pobres y otros sean empobrecidos.

Otro de los temas de los cuales he escrito es sobre aquellos individuos que se creen pobres sin serlo; éstos exigen que el estado les subsidie ciertos gastos que ellos están en la capacidad de satisfacer por cuenta propia, quitándole la oportunidad a alguien que de verdad necesita ser subvencionado por el estado. Un claro ejemplo de esto es que de los más de 40 billones de pesos que el Presupuesto General de la Nación destina para el pago de pensiones, se subsidia el 50,8% de las pensiones que corresponde a la quinta parte de la población con más altos ingresos, mientras que el quintil de más bajos ingresos apenas recibe el 4,3% de esos recursos públicos; el 74,1% de las pensiones públicas se queda en los dos quintiles que tienen grandes pensiones y que reciben el 39% de la subvención estatal total a través de diferentes subsidios; ¿no son los congresistas, magistrados, ministros, etc. quienes hacen parte de estos dos quintiles? ¡Solo se puede protestar para defender el régimen de prima media (Colpensiones) guiado por la ignorancia o haciendo parte de esos dos quintiles superiores!

Así podría hacer el análisis de los subsidios educativos, de salud, de servicios públicos, de vivienda, entre otros, para llegar a la misma conclusión de que esos recursos públicos en su mayoría no son invertidos con eficacia y eficiencia en la población pobre, sino que se reparte entre los politiqueros que hacen parte de las ramas del poder público. ¡Los que menos tienen subsidian a los que más tienen!

Por todo lo expuesto es que estoy de acuerdo en que «El mejor programa social del mundo es un empleo» como lo dijo el expresidente de los Estados Unidos Ronald Wilson Reagan y la generación de empleo no vendrá de parte de los políticos sino de todos aquellos que a diario nos despertamos con las ganas de progresar, de aportar, de emprender, de producir y de generar ingresos, por lo cual lo único que pedimos es que nos garanticen las libertades para poderlo hacer.

domingo, 20 de septiembre de 2020

AL CESAR LO QUE ES DEL CESAR

La doctrina cristiana expresa que «Jesús les dijo: — Pues den al emperador lo que es del emperador, y a Dios lo que es de Dios» (Lucas 20:25); sin embargo, los críticos de estas enseñanzas reniegan sobre lo que los discípulos de Cristo hacen con su dinero cuando de forma libre deciden dar sus diezmos u ofrendas a una iglesia o a un ministro; es decir, critican la solidaridad y la generosidad cristiana que ellos no practican solo porque su retorcido pensamiento los lleva a suponer que los únicos beneficiarios de esos recursos son los pastores, ignorando que la doctrina cristiana también previó que «De igual manera, el Señor ha dispuesto que quienes anuncian el evangelio vivan de ello mismo» (1 Corintios 9:14).

Me refiero a los valores de la solidaridad y de la generosidad que escasean en el mundo actual, porque éstos son los que en mi opinión deben tenerse en cuenta a la hora de compartir aquellos ingresos que la Divina Providencia nos permite obtener como fruto de nuestras actividades laborales; estos valores morales aplican para los diezmos y ofrendas, pero también para los tributos que recaudan los estados; sin embargo, el egoísmo conduce a muchos a darle la espalda a su prójimo cuando más lo necesita y también a defraudar a los estados mediante la evasión o la elusión de lo que les correspondería compartir con los menos necesitados, justificando su egoísmo en que muchos de esos recursos terminan en los bolsillos de los corruptos; es decir, que de la misma forma como algunos «ministros cristianos» malgastan lo que generosamente dan los discípulos de Cristo, así también muchos «servidores públicos» se adueñan de lo que debería usarse para subvencionar las necesidades de los más pobres, pero esa no una excusa válida para no compartir una parte de lo que hemos recibido.

El gasto público del estado colombiano con relación a su producto interno bruto es uno de los más altos del mundo; dicho gasto supera al de Estados Unidos que es una de las naciones que más riqueza produce anualmente y también es mayor que el gasto a nivel mundial; a pesar de esta realidad existe un gran descontento social que exige del estado más inversión y, por lo tanto, mayor gasto, pero poco es lo que se hace para estimular la producción, por lo cual quienes observamos con claridad esto no dudamos en afirmar que si la riqueza no se produce, entonces no tendremos algo que redistribuir. Estimular la producción no es algo que beneficie solo a los ricos, sino que beneficia a todos los que producimos bienes o servicios para satisfacer las necesidades de quienes tienen el poder adquisitivo para pagarnos por ellos.
En las calles vemos a personas que tienen la capacidad para suplir sus necesidades básicas por su propia cuenta esgrimiendo la idea de que están exigiendo sus derechos, pero solo exigen para satisfacer sus intereses personales o el de los colectivos de los cuales hacen parte, pero no protestan para que el estado aplique los principios de eficacia y eficiencia para atender a quienes de verdad son pobres, que es lo que se busca con la práctica de la generosidad y la solidaridad: ¡Compartir con el que no tiene!

¿A quién no le gustaría recibir todos los meses una renta básica de parte del gobierno? El egoísmo solo nos lleva a pensar en nosotros y en nuestros familiares, pero lo cierto es que los únicos que deberían recibir esa subvención estatal son las personas que se encuentran por debajo de la línea de pobreza. Si esto se hiciera, entonces el gasto público colombiano no debería ser tan alto, las instituciones del estado serían más eficaces y eficientes, las tasas de tributación no serían de las más altas del mundo, el costo de vida sería menor y seríamos una nación desarrollada y no en vía de desarrollo, por lo que le concedo razón al filósofo de la administración Peter Ferdinand Drucker cuando dijo que «No hay países subdesarrollados, sino mal administrados».

No puedo finalizar mi opinión de hoy sin decir que existen principios y valores morales superiores que puestos en práctica por los individuos que conforman una sociedad harían de éste un mundo mejor; por lo cual, ya seas cristiano o no, quiero hacerte la invitación para que sigas la enseñanza de Aquél que nos dio ejemplo con su propia vida: «Siempre les he enseñado que así se debe trabajar y ayudar a los que están en necesidad, recordando aquellas palabras del Señor Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir”» (Hechos 20:35).