Parece ser que la mentalidad de muchos colombianos sigue siendo la misma del siglo XIX cuando el escritor e intelectual José Rafael de Pombo y Rebolledo compuso su reconocido cuento «La pobre viejecita». Durante el siglo XIX se dieron en Colombia importantes hitos históricos que deberían haber influenciado una enorme transformación en la mentalidad de los individuos de nuestra nación: La independencia del imperio español, las guerras civiles, la constitución política, la abolición de la esclavitud, el surgimiento del café como primer producto nacional, las grandes migraciones, las epidemias como la del cólera o la lepra, etc.; sin embargo, en la actualidad siguen existiendo millones de «pobres viejecitas» que a pesar de contar con la capacidad para satisfacer sus necesidades por sí mismos prefieren exigir que los demás, a través del gasto público, subsidien sus comodidades, mientras que quienes de verdad no tienen la capacidad para suplir sus necesidades básicas estarán condenados a que sus generaciones vivan en la pobreza.
En la actualidad, cuando se habla de pobreza, es necesario remitirse al concepto dado por el economista indio Amartya Kumar Sen, quien fue galardonado por la Real Academia de Ciencias de Suecia con el Premio Nobel de Economía en el año 1998 «por haber devuelto una dimensión ética al debate sobre problemas económicos vitales»; el profesor Sen definió la pobreza como «la privación de capacidades básicas y no sólo como una renta baja» y además dijo que «El análisis de la pobreza debe estar enfocado en las posibilidades que tiene un individuo de funcionar, más que en los resultados que obtiene de ese funcionamiento».
Contrario a este concepto, he escuchado y he leído a congresistas colombianos que afirman ser pobres, también he sabido de magistrados y de servidores públicos con sueldos millonarios que se niegan a aceptar la reducción de sus ingresos con el argumento de que eso afectaría su «mínimo vital», mientras que millones de colombianos se encuentran debajo de la línea de pobreza y de la miseria; lo hacen sin sonrojarse publicando al mismo tiempo altilocuentes discursos en contra de la desigualdad.
Con fundamento en esta triste realidad he venido insistiendo (y lo seguiré haciendo) en que la función pública debería enfocarse en la atención prioritaria del segmento poblacional más vulnerable y que el resto de colombianos deberíamos tener las garantías y gozar de las libertades plenas para obtener ingresos a través de la oferta libre de bienes y servicios, sin las restricciones o limitaciones que se desprenden de un desmedido tamaño estatal. El gran lastre que tenemos los colombianos para escalar con mayor facilidad la pirámide de Maslow es el tamaño del estado, como lo he descrito en semanas anteriores.
Asimismo, la mentalidad egoísta e inmoral de quienes instrumentalizan a los pobres para exigir toda clase de subsidios estatales lleva a muchos individuos a culpar solo a los políticos corruptos de que los pobres sigan siendo pobres, pero ellos no están dispuestos a reconocer que su conducta corrupta también los hace responsables de que los más vulnerables no puedan superar su estado de pobreza; ellos prefieren utilizar el discurso del igualitarismo para sembrar odios y resentimientos que no pueden ayudar a los pobres a superar su pobreza, sino que hace que las mayorías sean igualadas en la miseria, ignorando que «Los seres humanos somos fundamentalmente diversos» como lo dijo el profesor Amartya Sen.
El pluralismo es necesario para que todos los individuos de una sociedad puedan satisfacer sus necesidades; así lo demostró Platón en los diálogos de «La República» y siglos más tarde lo hizo Adam Smith en «La Riqueza de las Naciones»: «El hombre, en cambio, está casi permanentemente necesitado de la ayuda de sus semejantes, y le resultará inútil esperarla exclusivamente de su benevolencia. Es más probable que la consiga si puede dirigir en su favor el propio interés de los demás, y mostrarles que el actuar según él demanda redundará en beneficio de ellos. Esto es lo que propone cualquiera que ofrece a otro un trato. Todo trato es: dame esto que deseo y obtendrás esto otro que deseas tú; y de esta manera conseguimos mutuamente la mayor parte de los bienes que necesitamos. No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio. No nos dirigimos a su humanidad sino a su propio interés, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas. Sólo un mendigo escoge depender básicamente de la benevolencia de sus conciudadanos. Y ni siquiera un mendigo depende de ella por completo. Es verdad que la caridad de las personas de buena voluntad le suministra todo el fondo con el que subsiste. Pero aunque este principio le provee en última instancia de todas sus necesidades, no lo hace ni puede hacerlo en la medida en que dichas necesidades aparecen. La mayor parte de sus necesidades ocasionales serán satisfechas del mismo modo que las de las demás personas, mediante trato, trueque y compra. Con el dinero que recibe de un hombre compra comida. La ropa vieja que le entrega otro sirve para que la cambie por otra ropa vieja que le sienta mejor, o por albergue, o comida, o dinero con el que puede comprar la comida, la ropa o el cobijo que necesita».
En mi concepto, la mentalidad caudillista colombiana le da un inmerecido protagonismo a los políticos, como si ellos fueran seres omnipotentes que pueden resolver todos los problemas de una sociedad. ¡No existe algo más apartado de la realidad!. Todo individuo está facultado de las potencialidades para satisfacer sus propias necesidades y resolver sus problemas por sí mismo. En concordancia con esta idea, el escritor argentino Jorge Francisco Isidoro Luis Borges dijo que «Desearía un Estado mínimo. He vivido en Suiza cinco años y allí nadie sabe como se llama el presidente. Yo propondría que los políticos no fueran personajes públicos»; no obstante, las «pobres viejecitas» colombianas prefieren que los políticos conserven sus «superpoderes» y que el tamaño del estado se mantenga o siga creciendo, porque si se llegara a reducir los falsos pobres perderían los privilegios que tienen ahora, como las subvenciones en salud, educación, servicios públicos domiciliarios, a las pensiones, acceso a la justicia, a la seguridad, entre otras ayudas que salen del bolsillo de todos los que tributamos. ¡Lo último que les importa a esos hipócritas son los verdaderos pobres que sí necesitan que el estado satisfaga sus necesidades mínimas, mientras les permite superar la pobreza!.
Los verdaderos pobres colombianos quisieran deleitarse en la pobreza de aquellos falsos pobres y unirse, como yo, al deseo de Rafael Pombo cuando exclamó: «Duerma en paz, y Dios permita que logremos disfrutar las pobrezas de esa pobre y morir del mismo mal».
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