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domingo, 4 de abril de 2021

MI EXPERIENCIA CON EL RESUCITADO

En el Siglo I en la antigua ciudad de Corinto, capital de la provincia romana de Acaya, el apóstol Pablo, quien antes de su conversión al cristianismo se denominaba «Saulo de Tarso», predicó las buenas nuevas de Jesucristo durante un período de dieciocho meses por mandato del mismo Señor que le dijo «No tengas miedo; sigue anunciando el mensaje y no calles. Porque yo estoy contigo y nadie te puede tocar para hacerte daño, pues mi pueblo es muy grande en esta ciudad». Allí fue plantada una de las primeras congregaciones cristianas a la que se remitieron dos de las «cartas paulinas»; en una de sus epístolas el apóstol le dijo a los corintios lo siguiente:

«En primer lugar les he enseñado la misma tradición que yo recibí, a saber, que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que lo sepultaron y que resucitó al tercer día, también según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y luego a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía, aunque algunos ya han muerto. Después se apareció a Santiago, y luego a todos los apóstoles.

Por último se me apareció también a mí, que soy como un niño nacido anormalmente.»


En efecto, antes de su conversión Pablo creía estar sirviéndole a Dios al perseguir a los primeros cristianos, pero una vez el Señor Jesucristo se le apareció en persona, habiendo resucitado de entre los muertos, este hombre no podía negar la realidad de la que él mismo comenzaba a ser testigo, por lo cual dirigiéndose a los corintios añadió:

«Porque si los muertos no resucitan, entonces tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, el mensaje que predicamos no vale para nada, ni tampoco vale para nada la fe que ustedes tienen. Si esto fuera así, nosotros resultaríamos ser testigos falsos de Dios, puesto que estaríamos afirmando en contra de Dios que él resucitó a Cristo, cuando en realidad no lo habría resucitado si fuera verdad que los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, entonces tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, la fe de ustedes no vale para nada: todavía siguen en sus pecados.»


Uno de los episodios posteriores a la resurrección de Jesucristo que más me conmueve es aquel en el que el Señor se le apareció a sus discípulos y les mostró las manos y el costado; ellos se alegraron de verlo vivo; sin embargo, la Escritura narra que el apóstol Tomás no estaba con ellos cuando eso sucedió, por lo cual cuando los demás le narraron lo acontecido y que habían tenido la experiencia de ver a Jesús resucitado, Tomás les respondió con la sinceridad de alguien que está dispuesto a creer si le presentan las evidencias de lo que se afirma: «Si no veo en sus manos las heridas de los clavos, y si no meto mi dedo en ellas y mi mano en su costado, no lo podré creer» ¡El solo quería vivir la experiencia que los demás discípulos habían tenido! Por ello cuando Jesucristo les apareció otra vez le dijo a Tomás: «Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado. No seas incrédulo; ¡cree!» ¡Está demás decirles que desde ese día Tomás fue uno de los creyentes que estuvo dispuesto a ofrendar su vida para defender la verdad de la resurrección de Cristo!

Yo, hace varios años, no creía que Dios existiera y, por lo tanto, tampoco creía que Jesucristo fuese Dios o el Hijo de Dios y mucho menos que hubiese muerto y resucitado, como testificaron y escribieron los primeros cristianos. No me interesé en darle a conocer a otros lo que pensaba acerca de la existencia de Dios y tampoco en pedir evidencias de la certeza de esa verdad hasta que un amigo, jugando futbol, me dijo que si quería saber si Dios era real debía hablarle; si Él me respondía, entonces yo me convencería de que Dios existía. Aquel reto no me pareció irracional, por lo cual aquella misma noche, acostado sobre mi cama, hablé al techo de mi habitación diciendo: ¡Dios, si tú existes, demuéstramelo!

Solo quiero compartir con ustedes que Aquél que le dijo a Tomás «No seas incrédulo» y que se le atravesó a Saulo de Tarso en el camino a Damasco y le preguntó «¿por qué me persigues?», no solo me demostró que existe, sino también me ha demostrado en repetidas ocasiones que me ama, que me bendice, que me cuida, que me respalda, que está conmigo a donde quiera que voy; por lo que me uno al salmista al decir «¡Entiendan, gente torpe y necia! ¿Cuándo podrán comprender? ¿Acaso no habrá de oír el que ha hecho los oídos? ¿Y acaso no habrá de ver el que ha formado los ojos?» ¿Acaso no hablará el que ha hecho la boca? Por lo cual dice: «Si hoy escuchan ustedes lo que Dios dice, no endurezcan su corazón como aquellos que se rebelaron».

Otro de aquellos primeros testigos de que Cristo vive es el apóstol Pedro, quien en una de sus cartas dirigidas a los primeros cristianos les dijo «Estén siempre preparados a responder a todo el que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen», por lo cual en diálogos que he sostenido con hombres y mujeres bastante fundamentados con conocimientos filosóficos y científicos, que se reconocen como ateos y que me han pedido que les demuestre la existencia de Dios, yo les he dicho que me demuestren la existencia de su mamá o de la mía sin usar un argumento teísta (en el ateísmo hay argumentos para refutar casi todos los argumentos que cualquier teísta usaría para debatir sobre la inexistencia de Dios). Todavía no conozco al primer ateo que me haya podido demostrar que su mamá o la mía existen, pero eso no quiere decir que sean inexistentes. Lo que sí puedo decir es que la experiencia de vida que tanto ellos como yo hemos tenido con nuestras madres, nos impide aceptar su inexistencia.

Apreciado lector, ¿tú ya experimentaste a Cristo resucitado?

domingo, 14 de marzo de 2021

EL QUE MANDA TIENE QUE HACERSE COMO EL QUE SIRVE


«Es mejor ser útil y provechoso que ser importante. El gran problema que atraviesa nuestra época, la presente y venidera generación es que muchos no quieren ser útiles, sino muy importantes» fue una de las frases pronunciadas por Winston Leonard Spencer Churchill, quien además de ser reconocido por su liderazgo en Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1953.

En una ocasión los discípulos de Jesucristo discutían acerca de quién de ellos debía ser considerado el más importante, pero el Gran Maestro de origen judío los exhortó con las siguientes palabras: «Entre los paganos, los reyes gobiernan con tiranía a sus súbditos, y a los jefes se les da el título de benefactores. Pero ustedes no deben ser así. Al contrario, el más importante entre ustedes tiene que hacerse como el más joven, y el que manda tiene que hacerse como el que sirve. Pues ¿quién es más importante, el que se sienta a la mesa a comer o el que sirve? ¿Acaso no lo es el que se sienta a la mesa? En cambio yo estoy entre ustedes como el que sirve», por lo cual todo aquél que se considere cristiano debería seguir la instrucción «ustedes no deben ser así», sino que deberían procurar ser útiles y provechosos para quienes les rodean.

Quizás, apreciado lector, no te consideres seguidor de las enseñanzas de Jesucristo o menosprecies el pensamiento de Churchill, pero por tu bienestar y el éxito de tus iniciativas deberías meditar en la implementación de sus instrucciones. Solo quienes logran poner al servicio de los demás los productos de sus ocupaciones o profesiones alcanzan el éxito, ya que al ser útiles y provechosos para otros pueden hacer que estos quieran pagar un precio a cambio del beneficio que obtienen de que se les sirva, si no lo logran solo estarán condenados al fracaso en ese propósito.

En Colombia existen 1.274.103 servidores públicos que se encuentran bajo el imperio de la Constitución Política que en el artículo 209 señala que «La función administrativa está al servicio de los intereses generales y se desarrolla con fundamento en los principios de igualdad, moralidad, eficacia, economía, celeridad, imparcialidad y publicidad, mediante la descentralización, la delegación y la desconcentración de funciones»; sin embargo, muchos de esos servidores públicos se preguntan, al igual que aquellos primeros discípulos de Cristo, cuál de ellos debería ser considerado el más importante y, por lo tanto, se comportan más como jefes que como servidores; quienes así piensan están convencidos de que el resto de la población debería darles el título de benefactores y rendirles toda clase de pleitesía, mientras ellos le tratan con tiranía.

Un servidor público colombiano, además de conocer y aplicar los principios de la función administrativa, debería estar al servicio de los intereses generales de la población y, en especial, de aquellos que no tienen los medios o los conocimientos para acceder con facilidad a la oferta institucional del estado.

El pensador chino Confucio dijo «Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida» y Steven Paul Jobs afirmó que «La única forma de hacer un gran trabajo es amar lo que haces. Si no lo has encontrado aún, sigue buscando. No te conformes. Como todo lo que tiene que ver con el corazón, te darás cuenta cuando lo encuentres»; en consecuencia, solo quien disfruta cada vez que pone al servicio de los demás el producto de su trabajo, encuentra la felicidad todos los días de su vida, pero quienes lo hacen solo por el dinero que reciben a cambio, también hallarán frustraciones a diario.

Asimismo, yerran quienes piensan que por el cargo que ocupan o por el trabajo que desempeñan el resto de la humanidad debería rendirse ante ellos y obedecerles así como los súbditos se subordinaban ante el mandato de los reyes. ¡Nosotros no debemos ser así! Nosotros debemos ser ejemplo y poner al servicio de los demás los dones, los talentos, las capacidades, los conocimientos y todo lo bueno con lo que la Divina Providencia nos ha equipado para hacer que nuestro peregrinaje por este mundo sea útil y provechoso.